El Sur de Armenia 1

“Armenia es para mí, Demetrio, el nombre que, cumplidos los siete años, se nos revela conteniendo el misterio enteramente sentido pero no desvelado de la vida propia y de la del mundo.

Desde la primera vez que lo oí no ha dejado de producir en mi alma una vibración hecha de entusiasmo, placer abisal y ansia por lo que haya de venir… la clase de felicidad que debería regalarnos una empresa siempre arriesgada, siempre triunfante y cuyos avatares jalonaran cada paso con sucesos en verso y prosa, completamente inesperados y cambiantes, interminables.

También el primer momento de sentirse enamorado está contenido en esa emoción, y el saber que vas a poseer el valle desconocido y arbolado que tiembla ante tu mirada”.

Este fragmento lo escribí hace muchos años y forma parte de un novelón pseudohistórico jamás publicado. Si lo transcribo aquí es para empezar a aclarar lo que para mí es El Sur de Armenia, lo que significa como hogar y útero de mi modesta creación musical y literaria, o sea de mi felicidad.

Y empiezo por el puro sonido de la palabra, que es capaz de evocar algo mucho más profundo y oscuro que la realidad palpable a la que se refiere, un algo cuyo sentido no hace ninguna falta desentrañar, porque como todo el mundo sabe las palabras tienen vida propia.

Armenia, cuya existencia fue descubierta por mí gracias a una película de romanos vista a los siete años en el cine de la catequesis, lucía el primer nombre dotado de esa carga, pero luego ha habido muchos más, la mayoría de ellos geográficos. Durante mi primera adolescencia me fascinaban los topónimos, largos como canoas de guerra de los indios norteamericanos: Saskatchewan, Athabasca, Onondaga, Tuscarora y no olvido los clásicos exóticos, los de toda la vida: Samarcanda, Constantinopla, Tombuctú…

Tengo mucho más que contar de Armenia, pero antes me gustaría que, si hay alguien ha leído esto, compartiera conmigo sus nombres sagrados.

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